No deja de sorprenderme algunos blogs, y el de Dani es uno de ellos. Espero que inmerso ya en lo que sea su segundo largometraje, tiene el tiempo y las ganas de reflexionar sobre una parte del guión, que a mí al igual que él, me parece fundamental y muy difícil de conseguir. Me he tomado la libertad de reproducir su post íntegro porque no tiene desperdicio. Muchas gracias Dani por esta clase magistral:

Todo el mundo sabe que el segundo acto es el más complicado de escribir. Empezar una historia es fácil. Basta una imagen evocadora, una anécdota, un encuentro, una mirada, un programa de confesiones vespertino para encontrar la chispa necesaria para encender la imaginación. Cuántas veces hemos visto algo y hemos pensando: Aquí hay una película. Pero claro, luego hay que desarrollarla. Y justo ahí es donde entra en juego el maldito segundo acto. Sí, ese, el de los obstáculos. Porque el tercero también es bastante fácil de escribir. El tercero es el final, y el final sólo puede acabar de tres maneras: bien (en el caso de una comedia), mal (en el caso de un drama), o que bienregularcasimal (en el caso de una comedia dramática).

Y para colmo el segundo acto es el más largo de todos. Supuestamente dura el doble que el primero y el tercero. A ver cómo narices lo rellena uno, cómo creas conflicto, mantienes el interés, haces que avance la trama… Puf, cuánto trabajo. Y es que claro, si lo piensas, nuestras propias vidas son básicamente un segundo acto. Primer acto: naces. Tercer acto: mueres. Y todo lo que hay en medio es un (esperemos) larguísimo segundo acto.

Encima todos sabemos como va a terminar, no sólo nuestra vida, sino cualquier película. Rara vez no intuimos ya desde el principio (incluso desde el trailer o el póster) cuál va a ser el devenir del protagonista. Por eso, como en la vida misma, el objetivo básico del segundo acto es tratar de hacerle olvidar al espectador el previsible final. Yo creo que para conseguirlo la clave es la contradicción. Un segundo acto tiene que estar plagado de situaciones y frases contradictorias que te desconcierten, engañen, ilusionen y confundan. Por ejemplo, en la típica película chico conoce chica (o cualquiera de sus variantes), habría que poner frases como estas, una detrás de otra, casi sin dar respiro:

No sé si quiero tener pareja.
¿Me vas a invitar a cenar o qué?
Piensa en los besos que antes no tenías, sin contarlos.
Sabes que lo nuestro es imposible, ¿no?
Lávame las bragas, anda…
No nos podemos ver todos los días.
Me haces sonreír, olvidar, volar, soñar, vivir.
No creo en el amor eterno.
Te echo de menos.
No quiero nada.
Lo quiero todo.
Está nublado.
De pensarte a extrañarte y más tarde a esperarte.
Qué guapo estás cuando estás triste en la playa.
¿He salido ya de tu cabeza?
Tú me has creado esta necesidad.
Nunca debí darte aquel primer beso.
No me odies.
No me ames.
Te quiero.
No te creas todo lo que digo.  
Y ya está, ya tienes tu comedia romántica, o tu drama. Según como quieras, o te dejen los personajes que termine. Porque al igual que en las personas, los sentimientos de los personajes también son en ocasiones caprichosos, efímeros, superficiales y, por fortuna, incontrolables.

Estas son las pequeñas reflexiones que hago mientras voy en tren, ojeando una revista con una chica en portada que me mira y me hace pensar: aquí hay una historia. Por lo menos el comienzo. Y me pongo a leer las declaraciones de la chica, para olvidar que me estoy alejando de las cosas que quiero. O acercando, quien sabe. ¿Veis? Contradicción, la pura esencia del segundo acto. De la vida.